Gabriela por el laberinto para salvar a Hellena

(cómo escribí Hellena de Todas Partes)

Creo, hoy más firmemente que nunca, que las obras que escribimos quienes confiamos aún en este oficio macabro y dulce ya vivían dentro de una transparente célula adosada como Plecostomus a los muros interminables e incorregibles de un laberinto. Allí obran la infinitud del tiempo, la deslealtad de las horas y una impenetrable magia que hace verdaderas las historias.

Hellena comenzó a caminar las calles de Roma en las Navidades de 2016, cuando yo misma conocí la hermosa metrópolis de evocaciones imperiales, la verdadera ciudad donde la luz inunda los mármoles históricos y la conciencia del universo, que es la conciencia de la poesía. Como Hellena, yo venía de París, de ver a Agnès, e iba hacia ninguna parte buscando algo que nunca supe. La encontré caminando a orillas de Tíber, mientras los árboles rociaban de flores moradas las orillas acerosas. Juntas recorrimos los íntimos callejones empedrados de esculturas y pasado, visitamos El Vaticano, La Basílica de Saint Pietro y por supuestos las ruinas de aquella gloria remota y bárbara.

Hellena regresó conmigo a París. Pero en la alborada de 2017, yo volví a México y ella se embarcó en un pesquero a velas por los mares del África. Conoció el amor y la desgracia, y cruzó, como los viejos descubridores, el Cabo de Buena Esperanza, todavía llena de ilusiones.

Pasaron grandes sucesos en el tiempo de escribirla, en mi vida y en la de Hellena. Los míos quedan guardados en otro laberinto, el de la memoria, que a cada tanto se cruza en sus pabellones con el de la creación. En el de Hellena pasó el suceso mordaz y magnífico de conocer el continente negro, sus rutas pesqueras, sus arrecifes y colores. También sus miserias y guerras. Allí Hellena, embarazada y enamorada, descubre el milagro de Makar, un niño soldado con el que va a ligarla algo más profundo que la lástima, el desamparo.  

En ese tiempo yo aprendía a nivelar los túneles del desamparo propio, en casa de mis amigos Annia y Raúl, donde una vez más me daban cobijo y amor, y algo que resultó entrañable, un agujero negro en la cocina de Annia, en el que los derroteros de Hellena y su amigo Tassos iban a encontrar abrevaderos comunes.

Algunos versos memorables de Annia pasaron a ser parte de la historia, y una amiga común con el mismo nombre alumbró los días de Tassos mientras la incertidumbre de conocer a Hellena se aproximaba sin asideros.

La novela termina en Grecia, eso no es misterio, sino lo que allí ocurre. Era mediados del año 2019. Yo fantaseaba con ir a Atenas y conocer las calles donde mis personajes soñaban el encuentro. Tassos es de una de esas islas del Egeo donde se fueron a acurrucar las orfandades y tragedias de dioses y mitos.

Por esa época yo corría maratones y escribía un libro sobre mis impresiones espirituales en el cosmos de los deportes de aventuras. Fue en una de esas veladas de agujero negro que Annia me avisó, con las pupilas brillosas, que el Maratón de Atenas, el original, se corría el 10 de noviembre. En septiembre yo debía estar en España para la promoción de Los amores prohibidos de la muerte, que ese año publicó editorial Huso. Mi primera antología de cuentos había tardado diez años en salir. Todo encontraba respuesta en los caminos de Marathon a Atenas. Las estrellas de una constelación llamada Hellena se agrupaban sobre mi cabeza, elevando el sueño de lo ignoto a sus peligrosas cumbres.

Sorprendente fue que en pocas semanas Annia se había unido a la aventura. Nos encontraríamos al final de mi gira en el Barajas de Madrid para llegar como las diosas, por el cielo, a donde Hellena debía encontrar sus verdades, si es que las había. 

El 10 de noviembre, siguiendo la antiquísima ruta del soldado Filípides, Annia y yo corríamos el maratón original, The Authentic.

Al día siguiente, agobiadas de cansancio y gloria, tomamos un ferry para conocer las aguas milenarias del Egeo. Allí, en una verde campiña de pistaches en la isla de Aegina, a la sombra de la luna y los gatos, escribí el final de Hellena de Todas Partes.

El personaje era mío entonces, como Tassos y Makar. Como Constantino. Ahora, debo confesar, estoy triste. Han dejado de pertenecerme para explorar otros laberintos aún más indescifrables, los de sus lectores. Los dejo ir, pero siento que siempre serán un poco míos, aunque en Gabriela no tengan más oportunidad que ocupar su lugar en los frágiles esqueletos de la memoria.

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