El ensayo, ese misterioso objeto de deseo

Academia Literaria de la Ciudad de México, sábado 19 de agosto de 2023, 12:19 HORAS

Intimidante, imponente. El ensayo puede caer en un academicismo riguroso. Muchos reaccionamos con miedo ante una inteligencia que consideramos superior, por inalcanzable, por inescrutable. Pero: nadie nació ensayista.

Montaigne en 1580 publicó lo que no eran ni sus memorias ni un tratado filosófico ni mucho menos historia de algún personaje o región; aquello que llevó a la imprenta no eran confesiones ni apuntes. “Yo soy la materia de mi libro”, advierte, prueba de aprendizaje, en intento, en tentativa. Un rosario de juicios no desprovistos de su ser. Pensamientos donde su espíritu se manifiesta de forma clara y familiar. Montaigne formó un libro consagrado a parientes y amigos para cuando lo perdieran: “Por este medio conserven más completo y vivo el conocimiento que de mí tuvieron”. Cuadro más completo de una vida.

Ante una carretada de meditaciones sin límite de personalidad creativa, nuestra reacción puede ser la de agachar la cabeza, para rendir homenaje, para rendirnos ante el genio.

Bacon, en 1597, después de una vida donde trabajaba demasiado y dormía poco, almacenó con muy buen hábito, sus experiencias. Bacon, una existencia dedicada al estudio, esperando ser útil a sus hermanos de la humanidad toda. Una entrega de esta clase nos apabulla. En la nueva forma del ensayo, cuarto gran género literario (por detrás quedan sin fecha natal el Lírico, el Dramático y el Épico), fluye el examen de la realidad, la relación con el mundo, el interés de un yo… renacentista, moderno, actual. Han visto la luz dos escuelas universales: francesa e inglesa.

Por el lado del dordoñés, la vivencia, la intensidad, lo natural, lo individual, lo poético; por el lado del londinense, la abstracción, el orden, lo prototípico, lo retórico, lo artístico. Sin embargo, en cada uno de esos dos autores el ensayo será inseparable del ensayista. Se hablará entonces de ensayistas y no del ensayo. No se requieren en este género a personajes ficticios que nos guíen virtuosamente a través de sus acciones, de sus palabras, de sus aventuras, de sus mutaciones; serán los escritores de ensayos los que se colocarán a nuestro lado para con la magia del asombro, otorgarnos una nueva forma de entender las materias de su competencia. El ojo del ensayista busca al ojo del lector afín.

El examen, el juicio, la reflexión ajenos desnuda al individuo, y el pudor nos hace cerrar los sentidos ante la voluptuosidad de otro ser, que por las palabras se nos entrega. Teme a quien se quite la ropa en medio de la calle, huye, mira hacia otro lado, aléjate de los locos, escóndete de los que con la lengua te tientan. “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”. “No es bueno que el hombre esté solo…”. ¿Entonces? “Pero solo los que se aparten de la experiencia de la obediencia se extraviarán”. “Esos son los perdidos”. ¿Entonces? Dos libros sagrados de donde se toman dichos preceptos, El Corán y La Biblia, tampoco nos ayudan con esta divagación original del más joven de los géneros literarios. Parece que los libros sagrados nos quieren desperdigados por el universo sin más apuesta de amistad que con el ente invisible, etéreo, al cual se llega por la meditación, el rezo, la petición, la hecatombe. El ensayista nos pide algo más sencillo, la comunión con otra alma humana a través de un libro. Porque sin la aparición de la hija de Gutenberg, el ensayo habría quedado sin soporte. “Hay libros de los cuales solo se debe gustar un poco, otros que se deben devorar, y otros, en fin, aunque en pequeño número, que es necesario, por decirlo así, masticarlos y digerirlos”, Bacon fragmentado, descompuesto, reacomodado en un epígrafe de El Inmortal de Borges. El vino embriagante de la palabra salomónica, “Todo lo nuevo no es más que algo que se tenía olvidado”, deja la boca dulce con esta trinidad profana, más ideal que Lo Perfecto.

“La verdad es la realidad de las cosas”. Jaime L. Balmes en El Criterio de 1843 nos enseña que: “Un espíritu atento multiplica sus fuerzas de una manera increíble […] No hay lectura, no hay conversación, no hay espectáculo, por insignificante que parezcan, que no nos puedan instruir en algo”. Primero, la fuerza hercúlea de un entendimiento nos descompone; segundo, lo mundano, el siglo nos abruma casi siempre con su vulgar canto de sirena de ambulancia, de carro de policía, de anuncio de terremoto. “Así, pues, la deformidad en un ingenio superior es un medio excelente para encumbrarse”, esto lo dice Bacon en su ensayo XLIV De la deformidad, y también que: “Las personas deformes son con frecuencia muy atrevidas”. De lo anterior me permito elucubrar que nos aterra una mente cómplice con el conocimiento a ras de suelo, que muerde el fruto del árbol prohibido del Paraíso, no por misógina tentación, sino por ansiedad de eternidades. Igualarse a lo alto, a Lo Alto, Altísimo, nos abrasa de pecado. No hay más bella imagen del ánima que, desnuda entre llamas, purga en antesala dantesca los “eternales decretos”. El paraíso es un laberinto en biblioteca hecha de la madera de secuoya, con aroma de mirra, con la dureza del buloke, con la belleza de la caoba; libros, estantes, parquet, cúpula, asientos, altar, para contemplar otras sombras. “La belleza de la naturaleza es la belleza de la mente del observador humano. Las leyes de la naturaleza son las leyes de la mente del hombre”, Emerson en El erudito norteamericano de 1837 no contiene su inteligencia.

La materia ensayística, el sentido ensayístico nos agobia con su sinceridad. ¡Quién como el ensayista!, se lamenta el pudoroso. El ensayo es una composición literaria que requiere cautela, medida, una prosa moderada, investigativa, un orden estético. ¡Quién como el escritor que domina el arte de hablar, de la oratoria! El lamento brama. Es un ejercicio didáctico entre la poesía y más allá del poema; ha visto sus nutrientes en las epístolas de Séneca, en las meditaciones de Marco Aurelio, en las vidas paralelas de Plutarco y, más adelante, en lo efímero de los cantos de Netzahualcóyotl y en los poemas filosóficos de Sor Juana. ¡Quién como el filósofo! No deja de llorarse. Es este un género, el del ensayo, donde ocurre un diálogo íntimo con un singular lector, casi siempre en silencio, el que impone el libro, la palabra impresa; mutis de distancia, idioma, traducción, tiempo, vida y muerte. ¡Quién como el nigromante! Escucha Homero, escucha Virgilio, escucha Dante, y los tres ríen.

Quien ensaya no forma un agreste comentario, deja mudo con argumentos. Su palabra es fundamentada en la erección del estudio, la meditación, el bosquejo, la crítica, la corrección y el hacerse público. Nos aterra la autoridad, nos espanta el poder, nos acojona el pecho por delante del sueño de sus ideas, aunque muchas de ellas son préstamos, son revelaciones, rebeldías de otros que ya pensaron por nosotros. Sin embargo, esos que quedaron atrás no agotaron ninguno de los temas. Al final todo es un dibujo donde cada uno borra o añade, siembra escolios, cultiva testigos, separa intonsos. El pensamiento siempre será una luciérnaga que se actualiza entre oscuridades. Allá una chispa, allá otra, pero es la misma creatura avanzando en destellos.

El ensayista somete a otro a una operación razonada, en presente. Herida de actualidad, de aires nuevos, inabarcable, sin punto de partida, mucho menos con destino. Odiseo sin Ítaca.

José Luis Gómez Martínez desde el año 1976 indaga sobre las características del ensayo y nos regala esta frase: “Los ensayistas de todos los tiempos siempre han sabido conjugar lo actual en el fondo de lo eterno”. Magos, hechiceros, brujas, demonios. Quien transforma la materia ante nuestros ojos, nos puede amilanar, también seducir. Nos tienden un puente de entendimientos, una reevaluación, pero jamás prometer una idea duradera. Un yo opino ritual en el “rigor de la maravilla”, “potencia razonante de la razón”. Liliana Weimberg, que ensaya sobre el ensayo, piensa: “Despliegue de la inteligencia a través de una poética del pensar”. ¿Quién no se empavorece ante tal perspectiva?

¿Por qué un Rodó, un Retamar, un Martí, un Borges, un Reyes, un Ribeiro, un Lezama escogen el ensayo para desplegar sus ideas en prosa? Diría el último de los mencionados: “Yo vivo de rastrear orígenes, de fundar orígenes”. Para fundar, para proferir, para nuestrearse, para hallarle un sentido a todo esto que hoy llamamos nuestras naciones en patria grande. El ensayo echa raíces en este lado del mundo, porque se necesitaba construir una identidad basada en la inteligencia de los pueblos nuevos, viejos, muertos y vivos. Lo que nace, lo que puede ser un Frankenstein, lo que no se sabe a dónde va, nos arredra. Para qué: “Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales”, Martí guarda esperanza en esta guerra contra la hipocresía. Se nos dice en las aulas que el que escribe ensayos es docto, vaca sagrada, titán. En algunas partes la vaca se mata; en otras, al titán se le envía al fondo más oscuro de la Tierra. ¿Vale ser un esbirro de los encumbrados? Martí: “Resolver el problema después de conocer sus elementos es más fácil que resolver el problema sin conocerlo”. En 1891 el también poeta, periodista, andante, cronista, nos exhorta: “Pensar es servir”, pero no al gigante, sino al hermano, con “Prosa, centelleante y cernida […] Cargada de idea”.

Deseamos eso que no conocemos, tememos eso que no conocemos. Queremos saber qué es el ensayo, no sabemos qué es el ensayo, conocemos algunos ensayistas, hemos leído alguno que otro ensayo. Quién sabe si nos atrevamos a ensayar. Y no solo me refiero a escribir un ensayo, me refiero a asumir algo tan apurado como esto que llamamos existencia. Pensarla, conducirla, muriendo por vivirla.

“Sed fecundos y multiplicaos…”, hermanas y hermanos ensayistas.

15 de agosto de 2023

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