De libro, A propósito de San Juan y otras miniaturas

 

A diario la podíamos ver llorando en la Sala de Emergencias del Hospital, siempre reconfortando a los heridos. No le daba asco ni temor ver los cuerpos sangrantes que entraban uno tras otro. Siempre procuraba estar ahí para un abrazo, para angustiarse y apretar manos convulsas. Los médicos nos hacíamos de la vista gorda porque no estorbaba con su cuerpo esmirriado.

No sabíamos quién era, nadie le habló nunca: estábamos tan ocupados intentando salvar vidas que, cuando le tocó a ella, pocos reconocimos el rostro enjuto, su cuerpo maltrecho por el bombardeo. Me acerqué y le di la mano, ya no había nada que hacer. —Yo me quedo con ella —me dijo una mujer muy parecida a la moribunda—. Usted vaya a salvar a alguien.

—¿La conoce? —pregunté.

—Sí —dijo con tristeza—. Es mi hermana, pero está loca.

Días después acabó la guerra.

La guerra
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