Nuevos poemas de Alejandro Carro

FORMICARIO

Cuando las hormigas caminaron sobre mis sueños

supe que era momento de erradicarlas

a pesar de la estima que les tuviera por sus trabajos insomnes,

de que piensen siempre en plural,

de que el negro o rojo de su movimiento lleve millones de años sin cuestionamiento de su política laboral de insectos.

Pero cómo deshacerme de ellas con la dignidad debida a sus prodigiosos miligramos.

Pensé en ahogarlas en fotografías del mar

cuyos pensamientos se revuelven y destellan en olas incomprensibles para el razonamiento humano,

perderlas entre granos de arena tan plurales como ellas,

tan partículas de tiempo limadas por los rayos del sol y de la luna,

que cada hormiga cargara su pedazo de infinito hasta su agujero

porque nunca se sabe cuándo podría necesitarse una reserva de siglos si se trata de prolongar la vida de la especie.

Pensé tirarlas desde una gran altura sobrevolando la imaginación en un globo aerostático,

que la fuerza del impacto quebrara toda su ilusión de trabajar sin descanso, sin amor y sin ortografía.

Pensé obligarlas a respirar un fuego venenoso,

esconderles la esperanza de llenar su madriguera de palabras que pudieran canjear por un minuto de sueño activo o trabajo sonámbulo.

Pensé en hacerlas acabar con la pandemia de fotografías de los últimos cien años,

con cada recuerdo innecesario en la memoria de los enamorados.

Pensé perderlas en museos donde solo pudieran cercenar el cadáver del arte,

repartirlo y llevarlo en fila india hasta su tumba definitiva,

ahí donde partículas de color y forma tengan una segunda oportunidad de electrizar el alma.

Pensé llevarlas de viaje y abandonarlas en hielos perpetuos,

en lugares existentes solo en páginas de libros,

en callejones sin luna, en noches sin salida,

en llamaradas petrificadas, en desiertos líquidos

donde no hay humanos que se opongan a su derecho al libre tránsito.

Pero me toqué el corazón y les di a las hormigas su propio planeta

para llenarlo de sílabas, para horadar sus entrañas,

para que sueñen las casas que deseen invadir

sin que sus industriosos dueños intenten coartar su libertad de trabajar

en días festivos, jornadas extras sin paga y domingos triplemente feriados.

MEGAFAUNA

La luna pasta por un cielo de donde las estrellas se han ido para siempre.

Extintas en las ciudades, han encontrado refugio en el campo y los bosques,

donde habitan las últimas manadas y a donde es preciso acudir para verlas en su hábitat natural,

último reducto donde es posible que los niños las conozcan.

Ahora, única dueña de esa estelar pradera citadina,

la luna es un animal de aire caliente que sube y baja por las diversas capas de la noche,

es un Nautilus que lo mismo baja al fondo del abismo hasta casi tocar el asfalto coralino de las calles

que sube a la superficie de la atmósfera a tomar una bocanada de aire revitalizante.

.

A los hombres sólo les quedan las farolas que alumbran como vacas,

los faros de los autos que iluminan como ovejas,

los focos a la entrada de las casas que reciben a ladridos a los desconocidos,

las lámparas sobre los burós que cantan como luces enjauladas:

tristes luces domesticadas que ahuyentan y persiguen a las estrellas hasta su refugio último.

.

Todavía recuerdo cuando los volcanes venían a echar una mirada a través de mi ventana.

Últimos representantes de la megafauna de las eras perdidas,

todavía recuerdo cuando me visitaban para que les acariciara el lomo,

para que me refrescara el rostro con su lumbre de nieve en la mañana recién lavada.

Hoy se han alejado,

hace tiempo ya que el viento no me los trae en manso rebaño hasta mi vista.

Se han quedado más allá del horizonte

donde no es posible ver cómo se fuman sus pensamientos detrás de las horas.

CORAZÓN MOLUSCO

De todas las vísceras humanas, el alma es la que más difícil resulta reemplazar.

Cuando se necesita un trasplante de alma,

se debe buscar aquella que pueda desarrollar espinas lo suficientemente agudas para reventar cualquier tipo de cáncer que pudiera morderla.

Se requiere un filo muy especial para que el alma rebane en hojas precisamente delgadas aquel amor que pudiera rescatarse del pasado.

Si se consigue un alma con tendencia a hincharse de los nervios,

puede ser que el odio se concentre en cuello, espalda y punta del zapato.

Si nuestro pasado desarrolla tejido cancerígeno,

el alma se eriza como un cactus que revienta el futuro inflado de presente y se convierte en aire quebradizo.

Si el alma se presenta en sonido estereofónico,

posiblemente es necesario que aprendamos a dormir de nuevo y cuáles son los principios básicos del sueño:

se comienza con el segundo paso:

imaginar algo que nos sea agradable;

incluso hay quien recurre a fantasear con fantasmas tristes a fin de que su alma continúe absorbiendo las lágrimas que escurren desde la memoria remota.

Cuando ya se ha recordado cómo debe hacerse para dormir y soñar bien,

el corazón se encuentra listo para ser un músculo que se convierta en el rey de las vísceras.

Paso a paso sus latidos, paso a paso cada una de sus notas.

El corazón puede transformarse en un puño o en un pulpo sin tentáculos,

en un pulpo sin huellas dactilares.

Rojo pulpo o rojo puño, rojo pulpo corazón molusco.

No se enfermará mientras siga recordando,

mientras siga soñando con el odio que engendró en otros moluscos.

El alma también es una sombra que habita en la mente de los pulpos

y en ocasiones la manchan de tinta.

El alma entonces puede marcar su huella en los contratos que también debe firmar con su propia sangre,

sangre del corazón molusco, el único músculo que no se enferma de cáncer.

A LA FLOR DE TU MUERTE

Estoy aquí.

Con el corazón empolvado de sueños,

por encima de los años altísimos

vine a verte.

Te traigo mi soledad, mi orfandad y mi silencio

para que los consueles, los abraces.

Pero también traigo vida,

calor para tus huesos,

compañía para la flor de tu muerte.

Me llevo en los ojos el cielo gris que te cubre

pero ninguna nube en el corazón,

contento de visitarte,

venir a conocerte,

de que me recibas con la hospitalidad de tu sepulcro

como al hijo imprevisto, casi desconocido

que planta una rosa en tu memoria

para que florezcas hacia adentro,

florezcas en la muerte.

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